Se murió Gamexane, loco

Antes de empezar a tocar, en un festival en México, Gamexane se descompuso y murió a los pocos días, el 22 de noviembre pasado, acá, en Buenos Aires. Gamexane fue la principal guitarra del punk en castellano. Todo un pionero, armó en su adolescencia la banda Los laxantes que supo tocar y ser expulsada de más de un boliche. En 1985 Todos Tus Muertos junto con Fidel Nadal, con el que metieron un hit punk en el chart porteño: Gente que no. Una vez que dejó TTM siguió tocando y grabando con decenas de amigos punkies y similares: Los siete delfines, La sobrecarga, Responsable no inscripto. En el 2005 volvió con TTM (ya sin Nadal) y al poco tiempo se integró a la nueva banda del ex Callidac Sergio Rotman y Mimí “Maura” Acevedo, Los sedantes. Sigue leyendo

Peli punk sobre el amigo rasgueador

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Tenía más de Elvis que de Sid Vicius en su figura. Cuando vio tocar a los Pistols advirtió que el Rock & Billy no le servía más, que atrasaba décadas, que el quilombo que era el mundo en los 70 pedía gritar, explotar sin spray, explotar en serio. Joe Strummer era una de las guitarras de la banda punk que rompió todas las reglas (inclusive, y especialmente, las del punk) y que dio vuelta como una media el concepto de “banda comercial”. Tarado el que piense que los Clash fueron unos loquitos que amaban las gillettes.

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Un largo adiós a mis elepés

Pero,  ¿cómo pueden pasar estas cosas? Hace unos días volví a advertir que tengo una bandeja (giradiscos) apoyada sobre el amplificador del equipo. Eso me pasa de vez en cuanto. “Uh, los discos”, me dije. Empecé a reflexionar acerca de los vinilos. Pensé en hacer algún video sobre el tema. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que me senté a escuchar discos. Fui a buscarlos. “¿Viste los discos?”, le pregunté a Vero. No los había visto. Sigue leyendo

No sólo para ebrios

Guy Garvey, vocalista de Elbow y, para mí, parecido a Orson Welles

Hace poco, chusmeando en la web cosas del último festival de Glastonbury, me crucé con una banda que tocó un rato antes de que lo hiciera Coldplay. Unos británicos nada conocidos por estas tierras y sin demasiada onda, de nombre Elbow. En realidad, tenían tan poca pinta de rockeros como cualquier otra banda indie (de hecho, entiendo que indie significa: “muchachos que no parecen rockeros”). Resulta que estos muchachos no son tan muchachos, más bien están maduritos. Y son bastante feos: uno pelado, dos gorditos… Sigue leyendo

No mires el paredón

El Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora tenía un paredón blanco de más de ochenta metros sobre uno de sus laterales. Yo vivía enfrente. Una mañana salí de casa con mi vieja para ir colegio y los dos descubrimos al mismo tiempo un grafitti escrito sobre aquel paredón. Ella lo leyó completo antes que yo pudiera hacerlo y enseguida me dijo “no veas esto”, me tapó los ojos y me empujó para que empiece a caminar. Estimo que sería el año 85, yo tenía 13 años. No había hecho ni una cuadra cuando me di vuelta: mi mamá estaba hablando con otros vecinos, todos mirando el grafitti. Seguí mi camino, no había otra.

Volví del colegio rapidísimo. Ya desde la esquina podía verse que la pared había sido blanqueada. Putié en chino y corrí hasta donde a la mañana estaba el grafitti. Efectivamente, alguien (un vecino, mi mamá, mi papá con indicaciones de mi vieja, el personal del hospital) había intentado tapar con cal las palabras escritas con aerosol. El texto apenas se perdía y de cerca podía leerse casi sin problemas.

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Johnny y Jesús en el baño de McDonalds

Hace un tiempo, mientras hacía pis en el baño de un local de McDonalds del barrio de Almagro, comencé a prestar atención a la música funcional del local. Me llamó la atención el punteo marcado y metálico de una guitarra. Enseguida entró la voz, desgastada, inconfundible de Johnny Cash. Epa! Estaba cantanto “Personal Jesus”. Me quedé parado en el mingitorio hasta el último acorde, atento, emocionado. Nunca había escuchado al “Hombre de negro” cantando esa canción increíble. Me generó algo muy raro, me parecía haber escuchado la versión original. Pensé: “Los Depeche Mode versionaron a Johnny Cash, no me jodan”, y lo pensé sabiendo a ciencia cierta de que había sido al revés.

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¿Qué me tatúo?

A los 17 (allá, por el año 1989) fue que pensé por primera vez en tatuarme. Ya se veían algunos tatoo por ciertos bares y recitales en Buenos Aires; estaba llegando de a poco la moda que explotaría en los 90. Yo siempre fui afecto a registrar ideas en papelitos; hace un tiempo encontré una lista con opciones para marcarme en la piel, escrita en una hoja cuadriculada a comienzos de los 90:

-El dibujo de Rocambole del tipo con las cadenas, del disco “Octubre”.
-La tapa del disco “Fiebre”, de Sumo.
-Un taladro (homenaje a Banfield)
-Un escudo de Banfield (homenaje más explícito a Banfield)
-El Che Guevara
-La cara de Camilo Cienfuegos
-Algo relativo a Maradona

(Si me hubiera tatuado la imagen de la tapa de “Fiebre”, ahora muchos me dirían por la calle: “Aguante Los Piojos!”). Más adelante, se sumaron a las intenciones Johan Sebastian Bach, “Nirvana”, el Corto Maltés, George Harrison y, en su momento, la cara de Garrafa Sánchez –con un “Gracias”. El tiempo pasó y no me decidí nunca. Hasta los 20, aproximadamente, duró mi militancia trostkista, y sin duda eso no ayudó a que me decidiera. Con el Che, quizás zafaba, pero la imagen del taladro, Maradona, Bach e incluso la cara de Cienfuegos me condenaban a recibir reproches y condenas ideológicas de parte de mis compañeros de militacia y, más que nada, de los superiores del movimiento. Ni que hablar del rechazo que hubiera generado la tapa del disco de Sumo: Luca Prodan cantaba en inglés, era alcohólico, drogadicto, pelado, usaba lentes oscuros (¿vieron que los militantes de izquierda no usan lentes oscuros?) y casi todo le chupaba un huevo.

Una vez superada esa etapa de militancia, pasando los 20, empecé a perder los fanatismos y ya me costaba justificar la acción de tatuarme. Quizás, por ejemplo, me podía tatuar a los Redondos porque me seguían pareciendo una gran banda y tuvieron un importante significado en mi vida musical, pero la verdad es que por ese entonces escuchaba más a Charly, Seru Giran, Las pelotas y Divididos. El tema es que no me daba para tatuarme, por ejemplo, a Seru… No creo que nadie tenga un tatoo de Seru Giran. El tema es que pasada la adolescencia, ya me gustaban muchas más cosas pero con menos intensidad. Mi carpeta del secundario tenía cientos de imágenes pegadas, era “la lista exhibible de lo que me gusta y de lo que apoyo”, pero con el tiempo se fue reduciendo, puliendo, abriendo. Esa lista, presente en todo adolescente, llega un momento en que que se torna innecesaria en su exhibición porque, de alguna manera, ya no hace falta reafirmar tanto los gustos y pertenencias, la mayor parte está hecha carne, digamos, ya somos más claramente el resultado de todos nuestros gustos. (Quizás se me pueda discutir al respecto, atentos a los perfiles de Facebook, que también funcionan como aquella lista, pero bueno…).

En la actualidad, nos toca ver a las generaciones que se tatuaron en su juventud exponiendo sus marcas que llevan incluso más de 20 años en el cuerpo. Y, claro, el tiempo, además de veloz, es jodido. Hay caras deformadas, óvalos que ayer fueron círculos, lagartijas que se no sabe cómo podrían caminar con esas patas trastocadas, cruces con sus maderos serpenteantes. Y ni qué hablar de las cicatrices sobre los nombres y dibujos borrados… El cuerpo es un papel medio traicionero.

Quizás aquellos que dudamos tanto en nuestra juventud, ahora que somos más módicos, pensantes y concretos, podamos tatuarnos con más acierto y prudencia. Ideas: Piazzolla, Walter Malossetti, Santaolalla, Pappo con alitas de ángel. O la frase “Una medida de vino por día es propicia para el buen funcionamiento del sistema circulatorio”.

Armando Doria